¿y si las rotondas no fueran redondas?
La mayoría de las empresas están concebidas para circular; las mejores, para cuestionarse cuándo es el momento de salir de la rotonda
Urbanísticamente, una rotonda no se define por su forma circular, sino por su función de ordenar flujos y resolver intersecciones. Sin embargo, hemos asumido su geometría como una verdad incuestionable. Tal vez ese sea también el error de muchas empresas: confundir la forma con la función.
De esta reflexión podemos deducir que una rotonda puede no ser redonda. Lo que puede parecer una ocurrencia sin mayor trascendencia es, en realidad, una idea profundamente subversiva escondida detrás de una frase inocente. Porque lo que pone en cuestión no es la geometría, sino la obediencia: la tendencia a aceptar que una forma determinada es la única manera posible de cumplir una función. Las empresas llevan décadas girando en círculos perfectos, impecables y simétricos, como si la forma fuese más importante que la función. Como si lo que hacen importara menos que cómo se ve. Como si la tradición fuese una ley natural y no una decisión que puede revisarse.
Pero la realidad no tiene ninguna obligación, ni moral ni formal, de respetar nuestras costumbres.
Una rotonda puede ser ovalada, triangular, irregular o incluso aparentemente absurda y, aun así, cumplir mejor su propósito que una perfectamente circular. Lo mismo ocurre con las organizaciones: suelen funcionar mucho mejor cuando dejan de parecerse a lo que supuestamente deberían ser.
El problema es que la mayoría de las empresas no se construyen desde cero; son el resultado de una herencia. Heredan procesos, rituales, jerarquías, indicadores, reuniones interminables, procedimientos y decisiones cuyo origen nadie recuerda. También heredan la convicción de que todo debe ser predecible, ordenado y perfectamente alineado. Con el tiempo, dejan de perseguir resultados y terminan actuando como guardianas de formas vacías.
La inercia es cómoda y, precisamente por eso, resulta tan peligrosa. No grita, no amenaza, no obliga… simplemente susurra: hazlo como siempre. Y, casi siempre, obedecemos.
En muchos entornos laborales, pensar se ha vuelto más arriesgado que ejecutar. Es más fácil seguir un proceso que cuestionarlo; más fácil aceptar un dato que validarlo; más fácil asistir a una reunión que preguntarse si debería existir; más fácil repetir una decisión que analizar si todavía tiene sentido. Así nace uno de los mayores problemas de las organizaciones contemporáneas: la ausencia de pensamiento crítico.
Paradójicamente, las empresas están llenas de personas inteligentes y muy preparadas que han dejado de hacerse preguntas, de cuestionar lo establecido y de preguntarse el porqué y el cómo. No porque carezcan de capacidad o de talento, sino porque el sistema recompensa la conformidad y penaliza la incomodidad intelectual. Cuestionar una cifra puede interpretarse como una amenaza. Desafiar una práctica consolidada puede percibirse como un acto de rebeldía. Preguntar “¿por qué?” puede resultar más incómodo que dedicar meses a ejecutar algo inútil que no aporta ningún valor.
Sin embargo, toda mejora comienza precisamente con un “¿por qué?”:
- ¿Por qué hacemos esto?
- ¿Por qué medimos esto?
- ¿Por qué creemos que este dato es correcto?
- ¿Por qué seguimos este procedimiento?
- ¿Por qué esta decisión se considera intocable?
Las organizaciones más rígidas suelen tener respuestas para todo, pero han olvidado cómo formular preguntas. Y cuando una empresa pierde la capacidad de cuestionar, también pierde la capacidad de aprender.
Muchos de los errores corporativos más costosos no nacen de la incompetencia, sino de la obediencia. Surgen cuando una organización da por bueno un procedimiento simplemente porque siempre ha estado ahí; cuando un informe se acepta sin contrastarlo; o cuando una decisión se ejecuta únicamente porque proviene de un nivel jerárquico superior, en lugar de estar respaldada por una lógica sólida, analizada, sopesada y bien fundamentada.
Mientras tanto, la actividad se confunde con el progreso. Sin embargo, rara vez se cuestiona que actividad y avance no son la misma cosa. Una agenda llena no garantiza valor; un proceso complejo no garantiza resultados; una ingente cantidad de datos no garantiza conocimiento. Es más, cuando el pensamiento crítico desaparece, los datos dejan de ser una herramienta para comprender la realidad y se convierten en un recurso para justificar decisiones ya tomadas. Ese es el punto de inflexión en el que la forma termina imponiéndose sobre la función.
Pero un día alguien mira la rotonda y se pregunta: “¿Y si no fuera redonda?”. Ese es el primer día del verdadero cambio. No me refiero al cambio cosmético, sino al cambio quirúrgico: el que nace de la incomodidad, el que rompe la forma para rescatar la función. Es el cambio que entiende que un proceso vale por el impacto que genera; que una estructura vale por su capacidad para liberar talento, no por su complejidad; que un dato vale cuando ayuda a comprender la realidad; y que una decisión solo es válida si responde al problema o contribuye a resolverlo.
Aceptar que una rotonda puede no ser redonda es aceptar que nuestras creencias no son leyes, que nuestros hábitos no son verdades y que nuestros procedimientos no son sagrados. Es reconocer que siempre podemos mejorar, que podemos estar equivocados y que, precisamente por eso, debemos revisar de forma continua aquello que damos por hecho. Porque un error no es un problema, es una oportunidad.
Las organizaciones que evolucionan son aquellas que convierten el cuestionamiento en una competencia estratégica; las que entienden que pensar no es una amenaza para el orden, sino la condición indispensable para mejorar; y las que sustituyen la obediencia ciega por una curiosidad inteligente.
Las empresas que cambian el mundo, las que mejoran nuestras vidas y nuestra existencia, no son las que ejecutan mejor las respuestas ya conocidas; son las que se atreven a formular preguntas diferentes; las que dejan de copiar para empezar a crear; las que dejan de obedecer para empezar a pensar; las que dejan de girar para empezar a avanzar. Porque han comprendido que la forma es tradición, pero la función es verdad.
Y, al final, todo se reduce a una sola pregunta: ¿quieres seguir siendo redondo porque siempre lo fuiste, porque alguien te dijo que debía ser así, o prefieres permitirte ser aquello que realmente necesitas ser, incluso si eso implica abrazar la asimetría? Decidas lo que decidas, no olvides esto: las empresas que cambian el mundo no son las que siguen el manual; son las que se atreven a cuestionarlo, a reescribirlo y, si es necesario, a romperlo.
Imagen: Momo Marrero

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